lunes, 28 de noviembre de 2016

Corazón roto


Hola amigas:
Hoy solo estoy de paso para descargar un poco el dolor de corazón que llevo dentro.
Permitidme que desahogue un momento el llanto que me ahoga.
He perdido uno de los seres que más amaba en la vida. Mi timón, mi guía, mi sostén, el pilar donde me apoyaba en momentos de debilidad. Un mortal accidente segó su vida para siempre, dejándome en la  angustia más profunda que pudiera sospechar. Perdí al padre, luego a la madre tristes y dolorosas pérdidas que se llevan a cuestas, pero no son comparables con una vida, todavía llena de vigor, con planes a corto plazo, con ideas a realizar, con trabajos que cumplir, con una nieta/o de camino… No hay palabras para expresar el dolor que lleva mi alma. Pero de alguna manera sirva éste escrito como plegaria para que allá donde se encuentre reciba todo el amor que aún me queda, pues al fin y al cabo se ha llevado la mitad de mi ser.
Así es como me siento, partida en dos, en cuerpo y alma. La otra mitad se revierte a mis hijos y nietos que también sienten la pérdida mucho más de lo que se puede expresar.
Ya nada será igual, ya nada parece tener sentido y sin embargo hay que seguir adelante, mucho que me pese. La teoría la sabemos todos muy bien, está bien aprendida, pero la práctica…. Eso  es arena de otro costal.
Dadme un tiempo para poder digerir algo tan indigerible. No quiero que sea demasiado largo, no quiero dilatar mi amargura a los míos. Por tanto, necesito encontrar salidas. Y una de las mejores que veo inminentemente es trabajar y de tener la mente ocupada, todo lo que pueda, cansarme, si es preciso, hasta caer rendida de sueño sin apenas tiempo de pensar. Volver a mover el blog con labores, con actividad…. Creo es la mejor terapia que pueda tener.  De momento no estoy muy dispuesta, quizá deambule un poco por la red sin entradas, sin comentarios… 
Perdonadme amigas, no hay segundas intenciones, tan sólo serenar mí mente aturdida que ve en éste medio un medicamento para su salud mental porque la espiritual, está en otra órbita.
Un abrazo virtual  de todo corazón.
                                                 Nita.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Calabaza tardía

                               Hola amigas:
                               Sí, calabaza tardía porque ya no pinta nada después de Halloween. Lo bueno es que si no hubiese sido por un accidente fortuito hubiese quedado para el año que viene.
                               Tuve que hacer un viaje inesperado y a la vuelta no encontré la susodicha por ningún lado, no hubo manera. Revolví Roma con Santiago… y nada.  Más bien me quedé en Cádiz, ja,ja,ja   porque no di con ella. Y ayer al dejar dos madejas en la estantería de lanas, (que a lo mejor recordáis aquí), cayó la de color naranja y tras ella la calabacita. ¿Cómo iba a figurarme que estaba ahí? ni si quiera recuerdo haberla dejado en ese lugar, sólo dedicado exclusivamente a las madejas. Quizá con las prisas lo recogí de tal manera que iba todo en el mismo lote sin percatarme de ello..
                               Sea como fuere, ésta calabaza inclinada al  escondite corresponde al reto de “30 y punto”, como en las anteriores ocasiones, de frutas y verduras.

                               Como se notan los cambios de luz, a veces estropean lo que podía haber sido una buena foto..
                               Gracias por pasar a visitarme y besitos.
                                                                                      Nita.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Zulú 6



                                           De nuevo os presento una aventura más de Zulú. La comencé en plenas vacaciones pero faltaban detalles y colocar las fotos. Así que sin más demora ésto es lo que hicieron mis aminekos.
                               
                                                     EXCURSIÓN 
                                       Sí. En el calendario, estaba escrito en letras mayúsculas, Miércoles  EXCURSIÓN. Había pasado muchos días ocioso y era preciso ejercitar el cuerpo como fuera, moverse en serio hasta el cansancio. Era determinante. Un gato no debe perder su agilidad. Tomaría un frugal desayuno, cogería lo indispensable y visitaría su mascota. Sólo quedaba recoger a su amigo, si estaba listo, y emprenderían  una caminata que les proporcionaría la actividad corporal precisa. El amanecer apuntaba con trazos nubosos, pero tanto mejor para sobrellevar el calor veraniego. Perfecto.
                                        Minutos antes había hurgado en el baúl de herramientas donde reposaban en su sueño, pico, cuerda, mosquetones… todo lo necesario para una escalada a la montaña. Nada menos que la montaña del “Quesuco”. Una de las más importantes en la contornada.
Ahora introducía en la mochila una fiambrera con las viandas imprescindibles para el día. Fue entonces cuando Zape apareció por la puerta.
-         -   ¿Qué ez lo que te entretiene? Hace rato que te ezpero.   ¿Y que ez to ezo que hacez si se pue zabé?
Zulú se sorprendió que su amigo fuese tan madrugador.
-         -   Ah, ¿Ya estás listo? Estoy ultimando lo que voy a llevar.
-         -   ¿A llevar? No necezitamoz nada.
-         -   ¿Cómo que nada? Las cuerdas la comida….
   Zulú como buen gato casero que era, estaba más acostumbrado a los elementos del hogar que su  compañero de campo.
-         -   Con eza mochila tan cargá, no vaz a poder dar un pazo.
-         -   Es sólo lo necesario…
-   _         He penzao que mejor vamoz a zubir la “Quebrada”  que ez máz fácil que el ”Quezuco”  
-         -   ¿No me digas? Creí habíamos quedado que…
-         -   Tienez razón, pero tú no eztaz muy acoztumbrao y la  Quebrada tie mejor agarre. Ademáz  creo te guztará.
-         -   Bueno, el experto eres tú. Pero al menos la comida…
-         -   Nada de comida, ya noz arreglaremoz allá arriba.
Dejó congeladas las manos en la abertura de la mochila. Pensó un momento y decidió hacer caso a su amigo. Tiró alejando de su lado el bulto y se sacudió ambas manos.
-         -   Pues  no se hable más,  ya estoy listo.
Zulú confiaba en su compañero, más experimentado en terreno abrupto. Como le había contado en otra ocasión, una vez al año pasaba días recorriendo y disfrutando de la montaña en plan de supervivencia en compañía de otro amigo ahora fallecido. Así pues, se dejaría guiar por él.  Estaba convencido de que algo aprendería de esa salida.
-         -   Entoncez en marcha. Vamoz a limar uñaz.
-         -   No lo dudo, a capela, seguro las limaremos a base de bien.
El optimismo y la buena disposición rezumaban por los cuatro costados. Se esperaba que el día fuera toda una aventura. Al menos así pensaba  Zulú.
                                      La Quebrada, estaba situada en el ala Oeste de la cadena montañosa más conocida por todos los lugareños. Se encontraba a corta distancia de una montaña mucho más alta formando entre ambas un estrecho cañón. De ahí su nombre. Pero cuando los aldeanos se referían al lugar no era precisamente al cañón o cañada si no  más bien a la montaña paralela más pequeña que  parecía estar cortada en horizontal por mano de un gigante. Era popular sobre todo por los jóvenes que gustaban de recorrer esos parajes.
                                      Después de atravesar un bosque repleto de encinas, alcanzaron una red de estrechos caminos formados por el paso de cabras montesas, otros animales y probablemente también de algún humano.
                                      De sopetón se encontraron con dicha pared. Los dos se quedaron mirando a lo alto, evaluando posibilidades. En apariencia no resultaba muy alta y con suficientes salientes como para no tener problemas en agarrarse. Pero al mismo tiempo dichos  salientes eran de muy fácil desprendimiento.
-         -   Es más peligrosa de lo que pensaba – señaló  Zulú a su ocasional guía.
Éste sin apartar la vista del alto le contestó.
-         -   Dezde luego todo zupone un riezgo. ¿No?
-         -   Sí, es vedad – asintió Zulú  y añadió -  A veces es mejor no pensarlo. 
-         -   Pue no lo penzemos máz – se reafirmó - ¿A la de trez?
-         -   Vale.
                                       Y a la de tres empezaron el ascenso, tan rápido que mirado de lejos parecían más lagartijas que gatos. 

                         Sentían entusiasmo en su elevación, un arrojo que surgía desde el fondo del  ser animal. Un albedrío que dinamitaba cualquier resquicio de pesadumbre. Simplemente la superación del ego.
Los primeros metros de subida fueron todo euforia, se desprendían pequeños cascotes y tierra pero dejaba de tener importancia por el deseo de superación. La verdad es que muy pronto a medida  tomaban altura,  el cansancio iba siendo patente. Cada nuevo paso era un poco más lento que el anterior. Ya no se ascendía a lo loco, el tanteo de la roca antes de avanzar se hacía obligatorio, debían asegurarse tener las uñas bien aferradas a la roca, porque la altura ya era considerable.
                           Pasado  el ecuador de la montaña el cuerpo se hacía todavía más pesado para los escaladores.
-         -   Tengo laz pataz que paicen un flan – Se lamentaba, Zape.
-         -   Pues cuida que no se espachurren, de lo contrario van a caer chorreando a mi cabeza y van a teñir mi pelo.  Ja, ja, ja.
-         -   Zí tu ríete, ríete. Quien ríe el último, ríe mejor.
-         -   No sé cómo me he dejado convencer. Hubiese sido distinto si hubiésemos traído el equipo de alpinista.
-         -   ¡Ba! Noz coztaría el doble.
-         -   Pero nos cansaríamos menos, ¿No crees?
-          -   Yo creo que azí afilamos laz uñaz para to el mez.
-         -   Lo que yo creo es que la próxima vez las afilaré en el tronco de un árbol. Es más seguro.
                                   La escalada estaba resultando más difícultosa de lo que al principio le parecía a Zulú. Al menos la verborrea iba siendo un método  alentador para darse ánimos en el empeño. No había competición en ellos, la subida, servía como simple ejercicio y había sido acordado por ambos.
-         -   Miaaaaaaauu.
El maullido puso en guardia a Zulú.
-      _      ¿Qué pasa ahora?
-         -   Ze me ha enganchao una uña,
-         -   Pues desengánchala, ¡Caray!
-         -   No puedo. Tiro y tiro y no ze dezengancha.
-         -   ¡Pero cómo se te ocurre! No tires. No debes tirar.
-         -   Y qué voy a hazé, no zé de otra forma.
-         -   ¡Venga, ya! Retrae las uñas de la mano.
-         -   ¿Y qué ez retraer?
-         -   Meter las uñas para adentro, a su lugar.
-         -   La mare que te parió, si laz meto pa dentro, me quedo zin apoyo.
-         -   Tio, te quedan tres patas.
-         -   ¡Zí pero las necezito toas!
-         -   Sería tan sólo un instante.
-         -   ¡Ya! Y en ese iztante me daría el morrón del ziglo.
-         -   Qué exagerado eres. A ver, aguanta, voy a acercarme a ti.
                                Zulú iba algo más rezagado que Zape, pero a corta distancia.  Se fue acercando poco a poco a su derecha hasta alcanzarlo, cuando llegó a su misma altura agarró firmemente todas sus patas y soltando la más cercana a su amigo, dio un golpe seco en el codo de Zape liberando así la uña prisionera.
-         -   Miaaaauuu. Jolín con la uña, gracias compañero.
-         -   Ya, ya me darás las gracias después. Avanza que estoy en un tembleque a punto de rodar como una pelota.
-         -   ¡A no! De ezo nada – retrucó Zape - Pienza que allá arriba tenemoz una recompenza.
-        _           ¿Sí? como qué ¿Una medalla al mérito?
-         -    No gato, un par de zabrozo ratonez que ze ezconden en loz recovecoz de las rocaz.
-         -   ¿Ah?, recovecos ¿Ya hablas como un gato de ciudad?
-         -   Zí, eztoy aprendiendo ¿Verdad?  Je,je,je.
                                 Esa risita se tornó enseguida en lamento. El quedar la uña de un gato un cierto tiempo atrapada puede producir inflamación, máxime cuando intentan estirar por todos los medios creyendo que cuanto más fuerte tiren, antes será liberada.   Por alguna razón le dio por mirar abajo, como si la opción de tirarse fuese la más factible.
-         -   Zulú, ezta uña me está matando.
-         -   No mires abajo.
-         -   Eztoy penzando en la pelota.
-         -   Ni se te ocurra, no me voy a quedar sin guía. Mira para arriba, que ya casi estamos. -   No zé zi voy a podé, me duele un montón.
     -   Vamos, Zape el último sprint.
-         -   Y ezo que ez ¿El último zuspiro?
-         -   No, gato no, el último esfuerzo. Ya lo tienes, sigue. ¡Arriba!. ¡Va!
                             Ese aliento era para ambos, lo necesitaban. El último tramo es siempre el más duro, el que la debilidad hace que uno llegue a subestimarse. Hay que tener madera de superación para afrontar  no sólo una prueba, si no otros muchos aspectos.  Zape empezó a tocar con sus dedos el borde de la cumbre, contó dos segundos para tomar impulso pero no logró moverse. No una, todas las uñas de la mano le dolían como nunca, necesitaba una pizca más de fuerza. Y debía encontrarla. Puso toda su voluntad en ello y obligó su cuerpo y mente a moverse. En ese esfuerzo consiguió levantar la cabeza y ver por fin la cima.
                         Zulú apareció a su lado, se encontraba en parecidas condiciones, lo estaba pasando mal, pero supo que su amigo lo tenía peor. Debían haberse puesto un objetivo más simple o una pared más pequeña. Sin embargo no era momento de lamentaciones. Estaban al borde de derrumbarse y no lo iban a hacer ya se hallaban al final de su avance.

                       Zulú trató de poner un tono de autoridad en su voz  y azuzó  a su compañero.
-         -   ¡Vamos, arriba tigre! o pincharé tu feo trasero.
                       Zape no dijo nada, en cambio, agarró fuertemente sus uñas en la roca haciendo que sus patas traseras realizaran el  definitivo impulso, la vida le iba en ello. Ese fue el final de su atrevida gateada.  
                        Exhausto y agotado quedó al borde del precipicio, pero confortado cuando toda la extensión de su cuerpo pudo tocar la dura piedra de la meta. 
Así mismo, Zulú con un último estirón terminó por coronar  también la cúspide. Al igual que su amigo, quedó en el suelo con respiración de un gran esfuerzo, pero con alivio. Ambos tardaron unos minutos en recobrar la normalidad, incluso para hablar.
El tiempo les había acompañado,  si hubiesen tenido el sol en sus espaldas no quería pensar en las complicaciones.

                         A medida se reponían del reciente arrojo, Zulú pudo  sentarse a medias para preguntar.
-         -   ¿Estás bien?
La voz de Zape era baja, pero serena.
-         -   No hay un zolo huezo que no me duela.
-         -   Ha sido mucho esfuerzo. Creo que voy a tener agujetas hasta navidad.
                         Zape rodó sobre sí mismo alejándose definitivamente del abismo y se incorporó un tanto, aunque todavía, sin ponerse de pie.
-         -   Ufffff. Me eztoy haciendo viejo. Una vez que me perzeguía un mentecato de perro, me zubí la pared, en la mitad te tiempo.
-         -   ¡Ah! – contestó Zulú – Eso lo hace la adrenalina, amigo. No es lo mismo subir por necesidad, que por capricho.
-         -   Zí  puede que tengaz razón. Menoz mal que no me pinchazte el trazero, zi no… tampoco podría zentarme.
                          Habían superado  la prueba, un reto de ejercicio y fuerza por el simple hecho de obtener un éxito y satisfacción propia. El que hubieran elegido un acantilado  podía ser una rareza. Es sabido que los gatos no tienen vetados ningún lugar, son capaces de introducirse e ir por  lugares insospechados, por senderos tan estrechos en los que apenas caben sus pequeñas manos, o trepar cualquier pared escarpada, como la que acababan de culminar.
                           Eso no es todo, ya estaban planeando el siguiente paso.
-         -   El cielo ze va encapotando, debemoz darnoz priza a buzcar algo de comer.
-         -   En la mochila había preparado algo de comida, lástima. – se apresuró a decir Zulú.
-         -   Y la hubiezez tirao al zuelo para poder trepar. No te preocupez – sentenció Zape –  iremoz a buzcar un buen bocao.
                           Zulú se apresuró a ayudar a poner en pie a su compañero.
-         -   Y qué se supone comeremos en éstos lares ¿Hamburguesa de cerrillo y hierba con salsa de romero?
-         -   Mmmmmmm. No. Por aquí abundan loz bichejoz como lagartijaz, conejoz, liebre, alguna zerpiente, eszarabajoz…
-         -   ¡Puajj! 
                           Zulú no estaba acostumbrado a esas comidas. Pero siguió escuchando la lista de animales que su amigo le nombraba.
-         -   Erizoz, pajarilloz  zalamanquezaz…
-         -   Aaaaaaalto ahí No se te habrá ocurrido comer una salamanquesa ¿Verdad?
-         -   Poz no, tendría que estar mu apurao y hambriento.
-         -   Más vale. ¿Sabes que si te comes una, se te caerá el pelo?
-         -   ¡Miá! Ezo faltaba, con el poco que tengo. Me quedaría como una bola de billar. No, no. Ez lo último que comería.
-         -   Bien hecho. No es venenosa, pero es la culpable de que  se caiga el pelo  a rosetones. 
-         -   ¿Rozetonez?
-         -   A rodales, sí. En forma redonda.
Ya de pie y dando los primeros pasos Zape siguió con su perorata.
-         -   Pero na de lo que te dicho comeremos. Será algo  mucho máz apetitozo que ezo.
-         -   Como qué.
-         -   Ratonez.
Zulú puso los ojos bizcos. Lo que no le pasó desapercibido a Zape.
-         -   ¿No me digaz que no te guztan?
-         -   Sí, sí, aunque  no sé  cómo por aquí….
Zape levantó una pata a modo de alto.
-         -   Aaaaaa, ezo va de mi cuenta. Zígueme, cada vez que pienzo en ratonez  ziento un guztirrinin irreziztible.
-         -   Ya se nota, ya – dijo Zulú con una mueca de sonrisa.
                                Dicho esto, con Zape a la cabeza y algo cojo, se encaminaron hacia una empinada pendiente  donde abundaban pequeños matorrales, enraizados algunos de ellos en la propia roca.  Alcanzado el rasante hicieron justamente lo contrario, es decir, descendieron por un estrecho camino que poco podía llamarse así.   En algunos tramos debían apoyarse en la pared de la rocosa montaña para no caer rodando.  Iban despacio, con cuidado, pero aún así  Zape en un momento inesperado derrapó cayendo sentado en el pedregoso suelo.
-         -   ¡Zape! ¿Te has hecho daño? – se inclinó a sujetarlo.
-         -   No, no, no  tranquilo, ezto ez patinar pero zin patinez. Paice que laz pataz zon todavía de gelatina.
De inmediato, estaba ya derecho marcando el paso. Y en dos minutos más dio un parón señalando a Zulú una zona determinada.
-         -Mira, ya hemoz llegao, ahí mizmo noz zentaremoz. Vamoz  a hacé un poco de leña.
-         -   ¿Cómo que leña? – Zulú contrajo su rostro, quedó tan quieto, como extrañado -  ¿Para qué quieres leña? - Conociendo a su amigo, no estaba muy seguro de su afirmación y volvió a preguntar– De la que se da o la que se recibe.
-         -   De la que ze quema, lizto.
-         -   ¡Oh! ¿Pretendes quemar la montaña?
-         -   Pero qué coza ze te ocurren, ¡Cázpita! La leña ez para hacer un poco de fuego. Una pequeña hoguera ¿Zabez lo que ez ezo?
Si antes estaba extrañado ahora quedó  patidifuso. 
-         -   ¡Pero qué diantres! Para qué quieres encender fuego ¿Tienes frío o qué?   
-         -   ¡Hayyyyy eztoz  zeñoritoz de ciudad! El fuego ez pa cocinar. Mientraz  ze va quemando la leña buzcaremoz la comida.
Ahora ya estaba fuera de órbita.
-         -   ¿Cocinar aquí? ¿Y qué vas a cocinar? ¿Hierbajos?
-         -   ¡Ratonez!- dijo con todo aplomo.
Zulú, se rindió, relajó su expresión y dio un suspiro, ¡Cómo no!
-         -   ¡Ah, ratones! Claro, cómo no se me habría ocurrido – Su amigo era un poderoso adicto al género ratonil, sin embargo… - Pero ¿Asas los ratones? O sea ¿Comes  ratones asaos?
-         -   ¿Te eztraña? Poz zí pero zólo cuando eztoy por aquí.  ¿No te paice una buena forma?
Qué podía contestar a su amigo.
-         -   Sí, si, claro, por supuesto. – Con frecuencia se olvidaba de lo familiarizado que estaba con la supervivencia en la montaña – Es sólo que había olvidado tus cualidades de montañero.
-         -   Bueno- contestó Zape -  Ez una forma de zobrevivir por un tiempo en lugarez como eztos. 
-         -   Eso es cierto- terminó por asumir – se echa mano de lo que hay. Pues  vale, manos a la obra.
                         Los alrededores estaban plagados de hierba seca y palos suficientes para empezar a quemar.  Recogieron unos cuantos y a continuación buscaron unas piedras para limitar las brasas que pudieran extenderse. Se sentaron  en su rededor y Zape fue disponiendo todas las ramas en una posición determinada. 

                       Zulú, sabía la teoría  pero no la práctica, de manera que dejó a su compañero hiciera los honores.
-         -   Zape  tengo curiosidad en una cosa. ¿Cómo aprendiste a comer ratones a la brasa?
Mientras partía un palo Zape sonrió con picardía y casi le dio la risa recordándolo.
-         -   Je, je. Fue una cazualidad.
-         -   Vaya, como muchos de los inventos – le concedió Zulú.
     -   Oye, no ez un invento.  
     -   Ya, ya, ya, sigue.
-         -   Puez, un día, estaba en  la otra parte de ézta montaña perziguiendo un ratón de lo máz hermozo, tenía orejaz redonditaz. ¿Zabez? Loz hay que laz tienen terminadaz en punta, pero ézte laz tenía torneadaz y tan limpiaz que ze veía el brillo en zu interior. Y el pelillo, de un zuave…
-         -   Al grano – apremió Zulú, porque a ese paso hablar de las virtudes de los ratones le llevaría a su amigo tanto tiempo como a él tocar la partitura de una ópera.
-         -   Bueno, puez nada, en zu huída dezezperada, el ratón, ze lanzó al vacío con tan poca gracia que cayó en loz bordez de una fogata que eztaban apagando un par de humanoz. Uno de elloz al darze cuenta, le propinó un zartenazo que cazi lo ezpachurró. Y allí quedó zin vida. O la poca que tuviera, la dejaría en la ceniza, porque el tufillo que azcendía embriagaba. Yo no podía hacer nada,  me quedé obzervando un buen rato, zin quitar el ojo a mi ratoncillo, porque era mío ¿Zabez? Lo perzeguí yo zolo. Cuando loz humanoz ze fueron, decidí bajar y verlo de cerca. Te juro que en la vida comí mejor ratón que eze. Me zupo a  poco, tan calentito, toztadito, me lamí la mano, la otra mano, el Bigote, la nariz, hasta el rabo me lamí. Delicia, sabrosa...… - Zape reparó en la cara que ponía su amigo y terminó con los adjetivos -  Ejem, ejem, bueno, puez dezde entoncez, ziempre que puedo, loz como azí.
                          Seguramente Zape, entusiasmado con el relato no se dio cuenta o no le importó que cada vez el cielo se encapotara con rapidez. El trueno sonó como aviso, no muy lejano.
-         -   Un buen principio culinario. Pero no parece que vaya a ser  hoy el día indicado. Está empezando a chispear y dentro de un momento, no se podrá encender.
    De lloviznar pasó a gotear y en nadaiba a ponerse a llover en serio.
-         -   ¡Cázpita! – se apenó Zape – tienez razón, vamoz a tener que buzcar refugio.
-         -   Y tienes idea de dónde.
-         -   Zí por aquí hay variaz cuevaz.
-         -   Estupendo, pues andando  si no queremos quedar empapados.
                           Dejaron todo tal cual lo tenían y Zape seguido siempre por su amigo, corrieron hacia la entrada de la cueva más cercana. Examinaron primero con cautela. 
                       Si estaba ocupada, saldrían de allí por patas, pero por norma, y suerte para ellos, permanecía huérfana de habitantes. Por tanto, entraron y buscaron donde colocarse. No era muy cómoda, ninguna lo es, pero estarían al abrigo del chaparrón.
A Zulú le divertía la situación. Nadie podía predecir imprevistos y a veces éstos resultaban divertidos.
-         -   ¿Hay más cuevas por aquí? – Preguntó curioso.
-         -   Unaz cuantaz, ézta ez la máz cercana.
                         Olfatearon el aire, nada raro que no fuese humedad. Al tiempo que revisaban con la vista toda la bóveda y suponiendo que  la lluvia tardaría en amainar se sentaron pacientemente teniendo como respaldo la propia pared del refugio. 

-         -   Parece grande. Cuentan que antiguamente las cuevas eran la guarida y escondrijo de piratas y ladrones. El lugar donde tramaban sus fechorías.
-         -   ¡Ufff! Y para otraz muchaz cosaz.
-         -   Sí,  cierto – Dijo convencido Zulú.
-         -   Ze cuenta que hace añoz, en una de éztaz cuevaz, doz gatoz, azí como nozotroz, deambulaban por una de ellaz. Alguien había dejado una gran tinaja de vino tapada con una precaria protección. La curiozidad de loz gatoz, como ya ze zabe, hizo que zubieran a la tapa y ézta cediera al pezo.  Un baño de alcohol no ze lo da uno todoz los díaz pero tampoco lo dezea. Aquel caldo apeztaba como demonioz y peor aún; era impozible zalir de allí. Laz paredez eran tan lizaz como una bañera, impozible trepar a la zalida. El deztino loz había elegido para morir alcoholizadoz. Pero la zuerte o el zino quizo que uno de loz tablonez y maderaz que ze apoyaban en la pared cayera dentro de la tinaja. Uno quedó apaleado, pero graciaz a la tabla pudieron salir vivoz que no zanoz del todo, pue zu zalud se rezentiría zin lugar a dudaz. La borrachera lez pazaría factura máz tarde. Y zin poder dar doz pazoz zin caerze, uno de elloz le comentaba al otro:
-         -   Oye, qué mal se te ve ¡Hip! te veo to morao ¡Hip!
-         -   Morao estás tú. Paices como los de semana santa. Sólo te falta el cucurucho. Ja, ja,
-         -   ¡Hip! ¡Hip! No pue serrrr, no me gusta ese color.
-         -   A mí lo que no me guzta e el baño en alcohol.
-         -   Pos el alcohol e mu gueno, lo cura to.
-         -   Aún así. Ahora mezmo  no veo. Tendré ¡Hip! que encender una vela.
-         -   Pos te encenderás como una antorcha, Ahhhhhh   ja, ja, ja.
-         -   ¡Qué miau!  daría luz.  El primer gato de la hiztoria que tendría luz propia. Ja, ja, ja.
-         -   Ja, ja, ja. Pa luz mi pare, ¡Hip! Tie uno ojazo que por la noche brillan má que los  
      faros de un tomovil. Ja, ja, ja.
-         -   Poz loz míos ven ¡Hip! Sin luz. ¿Qui ti paice?
-         -   Pos mira, yo ahora veo otro gato a tu lao gualito, gualito  a ti.
-         -   Ezo e que estás borracho.
-         -   ¿Yo?  ¡No me digas! Si soy az…. az…as… abstemio.
-         -   Apuesto a que no zabes que quié decir esa palabrota.
-         -   Claro que sé. Ti lo voy a decí horita mezmo.
-         -   Pos, ya me lo dirás dezpués que se me están cerrando los ojos y no me tengo….. de….. pie…
Y diciendo ezto cayó al zuelo dezvanecido.  El otro fue a dar un pazo adelante y al tropezar con él ze derrumbó encima del otro quedando azí, no ze zabe durante cuánto tiempo.
-         -   ¿Y es verdadera la historia? – Dijo Zulú, que hasta entonces había escuchado atentamente la narración.
-         -   Claro que zí yo era uno de elloz.
-         -   ¿No me digas? Ja, ja, ja, ja, ja,ja ¿Y te acuerdas de todo?
-         -   No, zólo lo que te he contao.  Luego aparecí  en otro lugar e iba como un zombi por todoz  laoz. Y eztuve trez díaz  zin olfato. No olía ni a una pata de diztancia. Horrible, amigo, horrible.
                   El aire se arremolinaba en la entrada de la cueva. De la posición de esfinge pasaron a la de gallina llueca rodeando con su cola las manos delanteras protegiéndolas así de la fría corriente. En un momento se juntaron más el uno al otro, posiblemente para darse más calor.
No tenían nada más que hacer, mientras esperaban a que escampara, de modo que siguieron en la  misma postura. Le tocaba a Zulú hacer su aportación.
-         -   ¿Crees en fantasmas Zape?
-         -   ¿Yo? Puez,  puez no zé,  yo…
-         -   Conozco la historia de un fantasma que habitaba en una cueva.
-         -   ¿Zí? ¿Y ez verdadero?
-         -   Es una leyenda Zape.
-         -   ¿Y era malo?
-         -   Singular, diría yo, curioso.  Custodiaba un tesoro y lo protegía de todo aquel que osara arrebatárselo.
-         -   ¡Qué jodío! 
Sin más preámbulos empezó el relato.
-         -   Cuenta la leyenda que un gato aventurero, hizo con sus hazañas el grueso de una gran fortuna y para que no se la robasen la escondió en la profundidad de  una caverna.   Cuando consideró que ya tenía suficiente, fue en busca de su amada para compartir y vivir con ella por el resto de sus vidas. Pero esa vez fue seguido por unos despiadados ladrones que sabían de su fortuna y decidieron matarlo para robarle. Sin embargo, sabiendo que se ocultaba en la cueva cambiaron el plan cerrando la salida y dejándolo allí para que muriera. Cuando eso sucediera, entrarían tranquilamente y se harían con todo el botín. Así no derramarían gota de sangre.
Fuera, el agua arreciaba, tanto como los relámpagos. Era una suerte estar al abrigo de semejante tormenta. Zape también escuchaba  con atención la historia de su amigo.
-         Cuando el gato se dio cuenta de la trampa – siguió contando Zulú -  se juró que aunque muriera, nadie lograría tocar el tesoro que debía haber sido disfrutado por y con su amada. Como en sus viajes también había adquirido dotes de brujería la maldición iba a ser una dulce venganza.
Pronto, como un reguero de pólvora se extendió por todo el lugar, la noticia de unas riquezas escondidas y abandonadas en una cueva. Muchos quisieron probar suerte, pero cualquiera que entraba en aquel lugar huía despavorido lleno de miedo. Voces y extrañas  nubes ponían los pelos de punta. Se  decía que el fantasma del muerto, moraba en aquél lugar.
                         En ese momento el aire que se colaba por las rendijas de la  cueva asustaron a Zape. Parecían lamentos fantasmales. Pensó. El trueno se impuso haciendo callar los silbidos.
-         -   Ayyyyyy. Y se cubrió los ojos con las manos.
-         -   Qué pasa, ¿No me digas que tienes miedo?
-         -   Qué va. Con el aire ze me ha metio una brizna en el ojo.
Zulú no dio importancia al comentario.
-         -   Bueno, pues como te decía, la mayoría no repetía el intento de volver, pero el que se envalentonaba llegaba a hablar con el fantasma.
-         -   ¿Con,  e,  e,  el fantasma?
-         -   Sí. Se aparecía a todo el que se consideraba audaz e intrépido. Primero le preguntaba a qué había ido y luego le decía que si respondía correctamente a una pregunta le dejaría paso al tesoro del cual sólo podría coger una sola pieza.
-         -   Ah, aaaa. Poz no era tan malo.
-         -   Lo que ocurre es que nadie se conformaba con sólo una prenda o joya. Se metían en el bolsillo todo lo que podían.  Una vez fuera de la cueva, todo lo elegido, llevasen lo que llevasen, bolsillo, zurrón o mano, se disipaba, desaparecía por arte de magia, como si no lo hubieran cogido, como si nunca hubiera existido. Y a medida el sujeto se alejaba, iba olvidando lo sucedido. Algunos sufrieron amnesia durante tiempo. De esa manera  nunca pudo ser saqueado el tesoro del aventurero.
-         -   Azí ya ze puede. ¡Jo, con el fantazma eze. Qué listo!
-         -   ¿Curioso verdad? De todas formas no deja de ser una leyenda.
-         -   ¿Y qué pazó con loz ladronez?
-         -   ¡Ah! Como solían emborracharse, fueron ellos mismos los que sin querer divulgaron el secreto y ellos mismos fueron víctimas del fantasma, pero como no recordaron ni nadie pudo recordar nada, los tomaron por charlatanes y mentirosos.
            De pronto,  la cueva llena de sombras hasta ahora, se iluminó por todas partes.
-         -   Mira, ezcampa, dedujo Zape.
-         -   Sí, ya tenemos sol. Es lo que ocurre con las tormentas de verano.
               Salieron  fuera a la limpieza del ambiente. Olores a plantas aromáticas impregnaban el lugar. Zulú aspiró y absorbió esos aromas que tanto le gustaban.
-         -   Creo que no vamos a poder encender el fuego Zape.
-         -   Ni coger ratonez. Ahora eztán bien ezcondidoz.
Zulú, pensó en su mochila y lo que llevaba en ella, pero no lo dijo.
-         -   Entonces, quedamos sin comida.
-         -   ¡Ezpera! - Pensó Zape - ¿Te guztan laz uvaz?
-         -   Sí, ¿Por?
-         -   Yo zé donde hay una parra. Ven.
                     Indudablemente  se conocía aquellos parajes como nadie. Era un guía estupendo.
Llegaron a una alta parra a la que tenían que acceder dando un rodeo para llegar a encaramarse  a la rama más cercana y a su alcance. Zape decidió que Zulú fuera el que cogiera el fruto mientras que él hacía fuerza con su peso para facilitar la obrabilidad a su compañero.

-         -   Ahora, Zulú.
-         -   Ya, ya, casi llego. Me falta un poco.
-         -   Cazi lo tienez.
Y lo consiguió. Un hermoso racimo cayó al suelo, del cual cogieron primero una parte para hacer un tanteo de degustación. Como fue de buen agrado, volvieron a por el resto y terminaron de apurar el racimo entero. 
                        Satisfecho y acallado el estómago decidieron volver con tranquilidad y por un sendero mucho más agradable que el de escalada. La excursión a pesar de los contratiempos había sido un éxito. Un éxito meritorio.
Por tanto, llegar a casa después de una jornada como ésta, era una satisfacción plena.  Iban a dormir un día entero. O más. Seguro.
                                                             Nita.